Crecí escuchando la historia del terremoto de 1976. En mi familia todavía se cuenta como una frontera: estaba el antes y estaba el después. Quien vivió aquella madrugada recuerda el ruido antes que el movimiento, y recuerda sobre todo el silencio que vino después, cuando ya no había nada que decir. Guatemala se acostumbró a esa memoria. Vivimos sobre placas que se mueven, al pie de volcanes que respiran, bajo cielos que en temporada de lluvia pueden romperse encima de un pueblo entero. La erupción del Volcán de Fuego en 2018 nos lo recordó con una crudeza que muchos preferiríamos no haber visto.

Por eso, cuando un amigo me preguntó qué opino de lo que el libro Conversaciones con Dios dice sobre los desastres naturales, no supe responder de inmediato. El tema me toca de cerca, y sospecho que a usted también. Todos cargamos un nombre, un lugar, una fecha en que la tierra o el agua se llevaron algo que amábamos.

El autor del libro, Neale Donald Walsch, dedica varias páginas a una pregunta muy vieja: si Dios es bueno, ¿por qué deja que la naturaleza nos haga daño? Quiero tomar en serio su planteamiento, reconocer dónde acierta y decir con honestidad dónde, como católico, encuentro un camino distinto.

Lo que el libro dice bien

Walsch sostiene que los terremotos, las erupciones y las tormentas no son un castigo que Dios envía contra personas concretas. En esto coincide con algo que está en el corazón del Evangelio, aunque mucha gente nunca lo escuchó así.

Dios no manda la tormenta para cobrarnos una cuenta.

Jesús lo dijo con claridad. Cuando le contaron de unos galileos asesinados y de dieciocho personas que murieron al caerles encima la torre de Siloé, no respondió culpando a los muertos. Al contrario, preguntó si acaso eran más pecadores que los demás, y la respuesta fue no (Lc 13,4-5). En otra ocasión, frente a un hombre ciego de nacimiento, sus discípulos buscaron un culpable: ¿pecó él o sus padres? Jesús cortó esa lógica de raíz. No fue ni uno ni otro (Jn 9,3).

Así que cuando el libro rechaza la idea de un Dios vengativo que aprovecha la geología para ajustar cuentas, yo asiento. Esa imagen de Dios ha hecho mucho daño. Ha llevado a personas buenas a pensar que merecían su desgracia, y eso no viene del Padre que Jesús nos reveló.

El libro también dice algo verdadero sobre nosotros: que el dolor compartido despierta lo mejor del ser humano. Lo he visto. En 2018, mientras el volcán todavía humeaba, vi a desconocidos cargando agua, abriendo sus casas, manejando toda la noche para llevar ropa a los albergues. La tragedia no inventa la bondad, pero la saca a la superficie.

En medio del derrumbe, lo primero que muchos hacen es buscar al otro. Ahí está la huella de Dios en nosotros.

Donde mi fe toma otro camino

Hasta aquí caminamos juntos. Pero el libro construye su consuelo sobre una base que, para un creyente católico, se sostiene en arena.

Walsch propone que en realidad no existen las víctimas, porque cada alma, en un nivel superior, habría elegido lo que vive, incluida su propia muerte. La intención es quitarnos el peso del sinsentido. Lo entiendo. Pero el efecto es otro: si nadie es víctima de verdad, entonces nada se perdió de verdad. Y eso, frente al ataúd de un niño, no consuela. Lastima.

La fe cristiana no minimiza la pérdida. La nombra. Cuando murió su amigo Lázaro, Jesús no dijo que la muerte fuera una ilusión amable. La Escritura usa dos palabras: «Jesús lloró» (Jn 11,35). Dios hecho hombre lloró frente a una tumba. No nos pide fingir que el dolor no duele.

La fe no nos manda negar la herida. Nos da a Alguien que llora con nosotros junto a ella.

El libro también describe a un Dios que puso las leyes de la naturaleza en marcha y luego se apartó, como un relojero que da cuerda y se va. La tierra tiembla porque así funciona la física, y Dios ya no tiene nada que ver con eso. Esa idea resuelve el problema con una solución fácil: si Dios no interviene, tampoco tiene que responder por nada.

Yo no creo en ese Dios ausente. Creo en la Providencia, que es una palabra grande para algo sencillo: Dios sostiene su creación en cada instante y no se desentiende de lo que vive cada uno de sus hijos. Eso no significa que entienda por qué permite el terremoto. No lo entiendo. La Iglesia nunca ha pretendido tener esa explicación guardada en un cajón.

Lo que la fe ofrece no es una fórmula que aclare el misterio del sufrimiento. Es una presencia dentro de él. El nombre de Jesús al nacer fue Emmanuel, «Dios con nosotros» (Mt 1,23). No Dios que mira de lejos. Dios metido en la historia, en el polvo, en la carne que sufre.

La cruz cambia la pregunta

Aquí está, para mí, la diferencia más honda. El libro intenta esquivar el sufrimiento explicándolo. El cristianismo hace algo más incómodo y más verdadero: lo atraviesa.

En el centro de mi fe no hay un argumento, hay un crucificado. Dios no nos mandó un mensaje sobre el dolor desde una oficina segura. Bajó y lo cargó. Conoció la traición, el abandono, el grito de quien siente que hasta el cielo se quedó callado. Por eso, cuando un creyente sufre, no le hablamos de un Dios que no sabe lo que es eso. Le hablamos de un Dios que estuvo ahí primero.

Cristo no explicó la cruz. La subió. Y al hacerlo, le quitó a la muerte la última palabra.

Y entonces aparece la palabra que el libro no puede pronunciar con toda su fuerza: resurrección. Walsch habla de la muerte como una transición tranquila, un paso sin drama. La esperanza cristiana es más audaz. No dice que la muerte sea poca cosa. Dice que fue vencida. Que el sepulcro quedó vacío. Que las personas que perdimos no se disolvieron en un ciclo impersonal, sino que están en las manos de un Padre que las llama por su nombre.

San Pablo lo escribió a una comunidad que también sufría: para los que aman a Dios, todo coopera para bien (Rm 8,28). No dice que todo sea bueno. El terremoto no es bueno. Dice que Dios es capaz de sacar vida incluso de lo que parecía solo escombro.

Vivir en una tierra que se mueve

No sé cuándo volverá a temblar. Vivo en un país donde esa pregunta no es teórica. Y sin embargo no vivo con miedo, o no solo con miedo. Vivo con una esperanza que no me ahorra el dolor, pero tampoco me deja solo dentro de él.

Si algo le pediría al lector que se quede de este artículo, no es una respuesta cerrada. Es una compañía. La próxima vez que la tierra se sacuda, que el río crezca, que el cerro ceda, recuerde que la fe no le promete un mundo sin grietas.

La fe no nos saca del terremoto. Nos da una mano a la cual aferrarnos mientras dura, y una promesa para cuando termine.

Walsch buscaba consolar quitándole peso a la muerte. Entiendo el impulso. Pero yo prefiero un consuelo que no me pida cerrar los ojos ante el ataúd. Prefiero al Dios que lloró frente a la tumba de su amigo y tres días después salió del sepulcro caminando.

Todavía tengo preguntas. Sigo sin saber por qué un niño tuvo que morir aquella mañana de junio en las faldas del volcán. Tal vez nunca lo sepa de este lado. Pero he decidido a quién le voy a hacer esa pregunta el día que pueda. Y mientras llega ese día, sigo cargando agua, sigo abriendo la casa, sigo creyendo que la última palabra sobre nosotros no la tiene la tierra que tiembla.

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